lunes, 13 de junio de 2016

Había una vez una cabra que tenía siete cabritillas. Todas ellas eran preciosas, blancas y de ojos grandes. Se pasaban el día brincando por todas partes y jugando unas con otras en el prado.
Cierto día de otoño, la mamá cabra le dijo a sus hijitas que tenía que ausentarse un rato para ir al bosque en busca de comida.
– ¡Chicas, acercaos! Escuchadme bien: voy a por alimentos para la cena. Mientras estoy fuera no quiero que salgáis de casa ni abráis la puerta a nadie. Ya sabéis que hay un lobo de voz ronca y patas negras que merodea siempre por aquí ¡Es muy peligroso!
– ¡Tranquila, mamita! – contestó la cabra más chiquitina en nombre de todas – Tendremos mucho cuidado.
La madre se despidió y al rato, alguien golpeó la puerta.
– ¿Quién es? – dijo una de las pequeñas.
– Abridme la puerta. Soy vuestra querida madre.
– ¡No! – gritó otra – Tú no eres nuestra mamá. Ella tiene la voz suave y dulce y tu voz es ronca y fea. Eres el lobo… ¡Vete de aquí!
Efectivamente, era el malvado lobo que había aprovechado la ausencia de la mamá para tratar de engañar a las cabritas y comérselas. Enfadadísimo, se dio media vuelta y decidió que tenía que hacer algo para que confiaran en él. Se le ocurrió la idea de ir a una granja cercana y robar una docena de huevos para aclararse la voz. Cuando se los había tragado todos, comprobó que hablaba de manera mucho más fina, como una auténtica señorita. Regresó a casa de las cabritas y volvió a llamar.
– ¿Quién llama?- escuchó el lobo al otro lado de la puerta.
– ¡Soy yo, hijas, vuestra madre! Abridme que tengo muchas ganas de abrazaros.
Sí… Esa voz melodiosa podría ser de su mamá, pero la más desconfiada de las  hermanas quiso cerciorarse.
– No estamos seguras de que sea cierto. Mete la patita por la rendija de debajo de la puerta.
El lobo, que era bastante ingenuo, metió la pata por el hueco entre la puerta y el suelo,  y al momento oyó los gritos entrecortados de las cabritillas.
– ¡Eres el lobo! Nuestra mamá tiene las patitas blancas y la tuya es oscura y mucho más gorda ¡Mentiroso, vete de aquí!
¡Otra vez le habían pillado! La rabia le enfurecía,  pero no estaba dispuesto a fracasar. Se fue a un molino que había al otro lado del riachuelo y metió las patas en harina hasta que quedaron totalmente rebozadas y del color de la nieve.  Regresó y llamó por tercera vez.
– ¿Quién es?
– Soy mamá. Dejadme pasar, chiquitinas mías – dijo el lobo con voz cantarina, pues aún conservaba el tono fino gracias al efecto de las yemas de los huevos.
– ¡Enséñanos la patita por debajo de la puerta! – contestaron las asustadas cabritillas.
El lobo, sonriendo maliciosamente, metió la patita por la rendija y…
– ¡Oh, sí! Voz suave y patita blanca como la leche ¡Esta tiene que ser nuestra mamá! – dijo una cabrita a las demás.
Todas comenzaron a saltar de alegría porque por fin su mamá había regresado. Confiadas, giraron la llave y el lobo entró dando un fuerte empujón a la puerta. Las pobres cabritas intentaron esconderse, pero el lobo se las fue comiendo a todas  menos a la más joven, que se camufló en la caja del gran reloj del comedor.
Cuando llegó mamá cabra el lobo ya se había largado. Encontró la puerta abierta y los muebles de la casa tirados por el suelo ¡El muy perverso se había comido a sus cabritas! Con el corazón roto comenzó a llorar y de la caja del reloj salió muy asustada la cabrita pequeña, que corrió a refugiarse en su pecho. Le contó lo que había sucedido y cómo el malvado lobo las había engañado. Entre lágrimas de amargura, su madre se levantó, cogió un mazo enorme que guardaba en la cocina, y se dispuso a recuperar a sus hijas.
– ¡Vamos, chiquitina! ¡Esto no se va a quedar así! Salgamos en busca de tus hermanas, que ese bribón no puede andar muy lejos – exclamó con rotundidad.
Madre e hija salieron a buscar al lobo. Le encontraron profundamente dormido en un campo de maíz. Su panza parecía un enorme globo a punto de explotar. La madre, con toda la fuerza que pudo, le dio con el mazo en la cola y el animal pegó un bote tan grande que empezó a vomitar a las seis cabritas, que por suerte, estaban sanas y salvas. Aullando, salió despavorido y desapareció en la oscuridad del bosque.
 -¡No vuelvas a acercarte a nuestra casa! ¿Me has oído? ¡No vuelvas por aquí! – le gritó la mamá cabra.
Las cabritas se abrazaron unas a otras con emoción.  El lobo jamás volvió a amenazarlas y ellas comprendieron que siempre tenían que obedecer a su mamá y jamás fiarse de desconocidos.
De:http://www.mundoprimaria.com/cuentos-clasicos-infantiles/el-lobo-y-las-siete-cabritillas/

La liebre y la tortuga

La liebre siempre se reía de la tortuga, porque era muy lenta. —¡Je, je! En realidad, no sé por qué te molestas en moverte -le dijo.
-Bueno -contestó la tortuga-, es verdad que soy lenta, pero siempre llego al final. Si quieres hacemos una carrera.
-Debes estar bromeando -dijo la liebre, despreciativa- Pero si insistes, no tengo inconveniente en hacerte una demostración.
La tortuga y la liebre
La tortuga y la liebre
Era un caluroso día de sol y todos los animales fueron a ver la Gran Carrera. El topo levantó la bandera y dijo: -Uno, dos, tres… ¡Ya!
La liebre salió corriendo, y la tortuga se quedó atrás, tosiendo en una nube de polvo. Cuando echó a andar, la liebre ya se había perdido de vista.
Pero cuál no fue su horror al ver desde lejos cómo la tortuga le había adelantado y se arrastraba sobre la línea de meta. ¡Había ganado la tortuga! Desde lo alto de la colina, la liebre podía oír las aclamaciones y los aplausos.
-No es justo -gimió la liebre- Has hecho trampa. Todo el mundo sabe que corro más que tú.
-¡Oh! -dijo la tortuga, volviéndose para mirarla- Pero ya te dije que yo siempre llego. Despacio pero seguro.
-No tiene nada que hacer -dijeron los saltamontes- La tortuga está perdida.
“¡Je, je! ¡Esa estúpida tortuga!”, pensó la liebre, volviéndose
La tortuga y la liebre
La tortuga y la liebre
. “¿Para qué voy a correr? Mejor descanso un rato.”
Así pues, se tumbó al sol y se quedó dormida, soñando con los premios y medallas que iba a conseguir.
La tortuga siguió toda la mañana avanzando muy despacio. La mayoría de los animales, aburridos, se fueron a casa. Pero la tortuga continuó avanzando. A mediodía pasó junto a la liebre, que dormía al lado del camino. Ella siguió pasito a paso.
Finalmente, la liebre se despertó y estiró las piernas. El sol se estaba poniendo. Miró hacia atrás y se rió:
—¡Je, ni rastro de esa tonta tortuga! Con un gran salto, salió corriendo en dirección a la meta para recoger su premio.
Pero cuál no fue su horror al ver desde lejos cómo la tortuga le había adelantado y se arrastraba sobre la línea de meta. ¡Había ganado la tortuga! Desde lo alto de la colina, la liebre podía oír las aclamaciones y los aplausos.
-No es justo -gimió la liebre- Has hecho trampa. Todo el mundo sabe que corro más que tú.
-¡Oh! -dijo la tortuga, volviéndose para mirarla- Pero ya te dije que yo siempre llego. Despacio pero seguro.
Sacado de http://www.cuentosinfantiles.net/cuentos-la-liebre-y-la-tortuga.html

lunes, 16 de mayo de 2016

El zapatero mágico

El zapatero mágico


Era una de esas bellas tardes de verano cuando una madre le leía a su hijo uno de sus cuentos infantiles preferidos. Mientras ella hacia esto el niño jugaba con una pelota vieja y maltratada, y junto a él había otro niño que tenía una pelota mucho más grande y hermosa. Al ver eso el pequeño le dijo a su madre:
– Mamita mía, yo quiero una pelota tan bella como lo de ese niño.
– Mi amor, ya tú tienes una pelota – respondió la madre un poco triste.
– Lo sé mamá, pero es que mira que bella es, yo quiero una tan linda y grande como esa –dijo el niño tratando de convencer a su mamá.
La madre tratando de convencer a su hijo de que no había necesidad de eso le dijo:
– Pero… con tu pelota puedes jugar al igual que lo hace cualquiera. Que sea nueva no la hace diferente, aquí lo más importante es que tengas amigos para poder jugar con ellos. ¿Te has preguntado por qué, a pesar de que su pelota es nueva y hermosa, el niño juega solo mientras que tú con la vieja y usada juegas con muchos niños?
Al escuchar esas palabras de la madre el niño le dijo:
– Tienes toda la razón mamá.
– Ay mi niño, en la vida no necesitas tener muchas cosas nuevas para ser feliz. Los cuentos infantiles que tanto te gustan lo que nos enseñan es que lo más importante y lo que realmente vale son los sentimientos, los amigos que tengas y que te acompañen en todo momento, – le dijo la madre en un tono muy dulce. De hecho te voy a contar otro cuento que te hará comprender mejor.
el-zapatero-magicoUna vez, en un bosque muy precioso, vivió un zapatero anciano. El confeccionaba unos zapatos muy lindos y como ayudantes tenía a todos los animalitos del bosque. Ellos le llevaban todos los materiales preciosos que empleaba para hacer los zapatos.
Sus zapatos no solo se caracterizaban por ser muy lindos sino que tenían la propiedad de que si un niño cojo se los ponía, volvía a caminar. Por estas cualidades el anciano era conocido como el zapatero mágico. Muchas se sentían atraídos por el misterio y le preguntaban cómo hacía para lograr esos milagros, pero él no sabía que contestarle.
Una mañana, llegó una carta de palacio a la casa del zapatero. En la misma el Rey le pedía al zapatero que fuese rápidamente a palacio a fabricarle unos zapaticos a su hija, la pequeña princesa, que no podía caminar. El Rey buscaba un milagro pues ya muchos médicos la habían visto y nadie había conseguido ponerla de pie.
El anciano acepto la petición y se trasladó al palacio donde comenzó a confeccionar unos bellos zapatos, no solo se caracterizaban por ser muy lindos sino que tenían la propiedad de que si un niño cojo se los ponía, volvía a caminar. Por estas cualidades el anciano era conocido como el zapatero mágico. Muchas se sentían atraídos por el misterio y le preguntaban cómo hacía para lograr esos milagros, pero él no sabía que contestarle.
Una mañana, llegó una carta de palacio a la casa del zapatero. En la misma el Rey le pedía al zapatero que fuese rápidamente a palacio a fabricarle unos zapaticos a su hija, la pequeña princesa, que no podía caminar. El Rey buscaba un milagro pues ya muchos médicos la habían visto y nadie había conseguido ponerla de pie.
El anciano acepto la petición y se trasladó al palacio donde comenzó a confeccionar unos bellos zapaticos a la joven princesa que aún no podía caminar y que nada ni nadie lo había logrado hasta el momento. Los zapatos quedaron bellos, hechos con material que habían sido especialmente traídos por el Rey. Al terminar, rápido corrieron a ponérselos, todos esperaban atentos a que la princesa comenzara a caminar, pero que decepción tan grande, no lo logró.
Con la cabeza baja, regresó a su casa en el bosque, y al llegar se encontró que sus amiguitos los pajaritos le habían llevado unos pétalos rojos muy suaves. En eses momento el zapatero mágico volvió a intentarlo e hizo unos nuevos zapatos para la princesita.
Cuando amaneció el anciano envió los zapatos a palacio con una nota muy tierna que decía:cos a la joven princesa que aún no podía caminar y que nada ni nadie lo había logrado hasta el momento. Los zapatos quedaron bellos, hechos con material que habían sido especialmente traídos por el Rey. Al terminar, rápido corrieron a ponérselos, todos esperaban atentos a que la princesa comenzara a caminar, pero que decepción tan grande, no lo logró.º
Con la cabeza baja, regresó a su casa en el bosque, y al llegar se encontró que sus a sus zapatos no solo se caracterizaban por ser muy lindos sino que tenían la propiedad de que si un niño cojo se los ponía, volvía a caminar. Por estas cualidades el anciano era conocido como el zapatero mágico. Muchas se sentían atraídos por el misterio y le preguntaban cómo hacía para lograr esos milagros, pero él no sabía que contestarle.
Una mañana, llegó una carta de palacio a la casa del zapatero. En la misma el Rey le pedía al zapatero que fuese rápidamente a palacio a fabricarle unos zapaticos a su hija, la pequeña princesa, que no podía caminar. El Rey buscaba un milagro pues ya muchos médicos la habían visto y nadie había conseguido ponerla de pie.
El anciano acepto la petición y se trasladó al palacio donde comenzó a confeccionar unos bellos zapaticos a la joven princesa que aún no podía caminar y que nada ni nadie lo había logrado hasta el momento. Los zapatos quedaron bellos, hechos con material que habían sido especialmente traídos por el Rey. Al terminar, rápido corrieron a ponérselos, todos esperaban atentos a que la princesa comenzara a caminar, pero que decepción tan grande, no lo logró.
Con la cabeza baja, regresó a su casa en el bosque, y al llegar se encontró que sus amiguitos los pajaritos le habían llevado unos pétalos rojos muy suaves. En eses momento el zapatero mágico volvió a intentarlo e hizo unos nuevos zapatos para la princesita.
Cuando amaneció el anciano envió los zapatos a palacio con una nota muy tierna que decía:amiguitos los pajaritos le habían llevado unos pétalos rojos muy suaves. En eses momento el zapatero mágico volvió a intentarlo e hizo unos nuevos zapatos para la princesita.
Cuando amaneció el anciano envió los zapatos a palacio con una nota muy tierna que decía:“Una princesa tan hermosa como tú necesita los zapatos más bellos del mundo, con todo el amor que puedas recibir”.
Días después el zapatero recibió la noticia de que la niña había vuelto a caminar. En agradecimiento a todo el trabajo y al gran milagro que había logrado, el Rey le ofreció todos los materiales y los recursos que necesitara para elaborar sus zapatos.
El anciano no aceptó nada porque ya había tratado con esos materiales una vez, en palacio, y para nada había resultado. Él adoraba seguir trabajando con sus amigos, los animalitos del bosque, además para él no existía mayor regalo y recompensa que aquella de poder ver caminado de nuevo a tantos niños.
Fue así como el Rey se pudo dar cuenta de que la magia no estaba en las herramientas ni en los materiales que empleaba para fabricar sus zapatos, sino en todo el amor que era capaz de brindar y en esa bondad con que hacia los zapatos solo para poder volver a ver a un niño caminar.“Una princesa tan hermosa como tú necesita los zapatos más bellos del mundo, con todo el amor que puedas recibir”.
Días después el zapatero recibió la noticia de que la niña había vuelto a caminar. En agradecimiento a todo el trabajo y al gran milagro que había logrado, el Rey le ofreció todos los materiales y los recursos que necesitara para elaborar sus zapatos.
El anciano no aceptó nada porque ya había tratado con esos materiales una vez, en palacio, y para nada había resultado. Él adoraba seguir trabajando con sus amigos, los animalitos del bosque, además para él no existía mayor regalo y recompensa que aquella de poder ver caminado de nuevo a tantos niños.
Fue así como el Rey se pudo dar cuenta de que la magia no estaba en las herramientas ni en los materiales que empleaba para fabricar sus zapatos, sino en todo el amor que era capaz de brindar y en esa bondad con que hacia los zapatos solo para poder volver a ver a un niño caminar.
Sacado de: http://www.cuentosinfantiles.net/cuentos-el-zapatero-magico.html

viernes, 1 de abril de 2016

Rapunzel

Había una vez una pareja que desde hacía mucho tiempo deseaba tener hijos. Aunque la espera fue larga, por fin, sus sueños se hicieron realidad.
La futura madre miraba por la ventana las lechugas del huerto vecino. Se le hacía agua la boca nada más de pensar lo maravilloso que sería poder comerse una de esas lechugas.
Sin embargo, el huerto le pertenecía a una bruja y por eso nadie se atrevía a entrar en él. Pronto, la mujer ya no pensaba más que en esas lechugas, y por no querer comer otra cosa empezó a enfermarse. Su esposo, preocupado, resolvió entrar a escondidas en el huerto cuando cayera la noche, para coger algunas lechugas.
Rapunzel
Rapunzel
La mujer se las comió todas, pero en vez de calmar su antojo, lo empeoró. Entonces, el esposo regresó a la huerta. Esa noche, la bruja lo descubrió.
-¿Cómo te atreves a robar mis lechugas? -chilló.
Aterrorizado, el hombre le explicó a la bruja que todo se debía a los antojos de su mujer.
-Puedes llevarte las lechugas que quieras -dijo la bruja -, pero a cambio tendrás que darme al bebé cuando nazca.
El pobre hombre no tuvo más remedio que aceptar. Tan pronto nació, la bruja se llevó a la hermosa niña. La llamó Rapunzel. La belleza de Rapunzel aumentaba día a día. La bruja resolvió entonces esconderla para que nadie más pudiera admirarla. Cuando Rapunzel llegó a la edad de los doce años, la bruja se la llevó a lo más profundo del bosque y la encerró en una torre sin puertas ni escaleras, para que no se pudiera escapar. Cuando la bruja iba a visitarla, le decía desde abajo:
-Rapunzel, tu trenza deja caer.
La niña dejaba caer por la ventana su larga trenza rubia y la bruja subía. Al cabo de unos años, el destino quiso que un príncipe pasara por el bosque y escuchara la voz melodiosa de Rapunzel, que cantaba para pasar las horas. El príncipe se sintió atraído por la hermosa voz y quiso saber de dónde provenía. Finalmente halló la torre, pero no logró encontrar ninguna puerta para entrar. El príncipe quedó prendado de aquella voz. Iba al bosque tantas veces como le era posible. Por las noches, regresaba a su castillo con el corazón destrozado, sin haber encontrado la manera de entrar. Un buen día, vio que una bruja se acercaba a la torre y llamaba a la muchacha.
-Rapunzel, tu trenza deja caer.
El príncipe observó sorprendido. Entonces comprendió que aquella era la manera de llegar hasta la muchacha de la hermosa voz. Tan pronto se fue la bruja, el príncipe se acercó a la torre y repitió las mismas palabras:
-Rapunzel, tu trenza deja caer.
La muchacha dejó caer la trenza y el príncipe subió. Rapunzel tuvo miedo al principio, pues jamás había visto a un hombre. Sin embargo, el príncipe le explicó con toda dulzura cómo se había sentido atraído por su hermosa voz. Luego le pidió que se casara con él. Sin dudarlo un instante, Rapunzel aceptó. En vista de que Rapunzel no tenía forma de salir de la torre, el príncipe le prometió llevarle un ovillo de seda cada vez que fuera a visitarla. Así, podría tejer una escalera y escapar. Para que la bruja no sospechara nada, el príncipe iba a visitar a su amada por las noches. Sin embargo, un día Rapunzel le dijo a la bruja sin pensar:
-Tú eres mucho más pesada que el príncipe.
-¡Me has estado engañando! -chilló la bruja enfurecida y cortó la trenza de la muchacha.
Con un hechizo la bruja envió a Rapunzel a una tierra apartada e inhóspita. Luego, ató la trenza a un garfio junto a la ventana y esperó la llegada del príncipe. Cuando éste llegó, comprendió que había caído en una trampa.
-Tu preciosa ave cantora ya no está -dijo la bruja con voz chillona -, ¡y no volverás a verla nunca más!
Transido de dolor, el príncipe saltó por la ventana de la torre. Por fortuna, sobrevivió pues cayó en una enredadera de espinas. Por desgracia, las espinas le hirieron los ojos y el desventurado príncipe quedó ciego.

Durante muchos meses, el príncipe vagó por los bosques, sin parar de llorar. A todo aquel que se cruzaba por su camino le preguntaba si había visto a una muchacha muy hermosa llamada Rapunzel. Nadie le daba razón.

¿Cómo buscaría ahora a Rapunzel?
Cierto día, ya casi a punto de perder las esperanzas, el príncipe escuchó a lo lejos una canción triste pero muy hermosa. Reconoció la voz de inmediato y se dirigió hacia el lugar de donde provenía, llamando a Rapunzel.
Al verlo, Rapunzel corrió a abrazar a su amado. Lágrimas de felicidad cayeron en los ojos del príncipe. De repente, algo extraordinario sucedió:
¡El príncipe recuperó la vista!
El príncipe y Rapunzel lograron encontrar el camino de regreso hacia el reino. Se casaron poco tiempo después y fueron una pareja muy feliz.